Pérdida de derechos durante la vejez e importancia del buen trato

El maltrato hacia las personas mayores supone uno de los grandes problemas de índole social más extendidos en nuestra sociedad y a su vez, uno de los más difíciles de detectar, dadas las múltiples formas en las que puede llegar a presentarse. Según un informe publicado en el año 2017 por la revista británica The Lancet Global Health, una de cada 6 personas mayores de 60 años habría sufrido algún tipo de abuso en entornos comunitarios durante los últimos doce meses. Unos datos que, por el contrario, no supondrían un reflejo fidedigno de una realidad en muchos casos silenciosa y en cierto modo desconocida por gran parte de la población. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que tan solo uno de cada 24 casos llega a ser denunciado.

Pese a este desconocimiento generalizado, la epidemia de la COVID-19 habría evidenciado ciertas discriminaciones hacia los más mayores que, si bien permanecían latentes en la sociedad, han supuesto el reflejo más directo de la pérdida derechos a las que estas personas se ven sometidas por razones de edad, incluso en una crisis de este calibre. “Tratamos bien a aquello que nos parece importante para nuestra sociedad”, apuntaba la doctora en Recursos Humanos, María Jesús Goikoetxea, durante su participación en un encuentro digital organizado por la Fundación la Caixa, con motivo de la celebración del Día Mundial de Toma de Conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez, conmemorado cada 15 de junio. Para Teresa Oliveras, una de las beneficiarias del programa de “Buen Trato” de la Fundación, el problema de la situación actual radicaría principalmente en el hecho de que “la sociedad valora a las personas productivas. Las que producen son las que valen, las que no, las arrinconamos”. Por tanto, dicho rechazo se sustentaría sobre la tendencia errónea, cada vez más arraigada entre las generaciones, de considerar a las personas mayores como población no productiva, por el mero hecho de estar jubiladas. Uno de los pilares sobre los que actualmente se erige el edadismo o la discriminación por edad, un comportamiento que parece que pasará a ser considerado como delito de odio, tras la aprobación por parte del Consejo de Ministros del proyecto de Ley orgánica de protección integral a la infancia y a la adolescencia frente a la violencia, cuya ratificación supondrá la reforma del Código Penal en lo que a delitos de odio se refiere, a través de una nueva regulación que salvaguarde los derechos de los menores y los más mayores en este ámbito.

Dicha reforma podría suponer un nuevo paso hacia la consecución de una sociedad en la que se fomente el envejecimiento activo, allanando el camino para que las personas mayores puedan seguir contribuyendo a la misma, a través de diferentes actividades, que garanticen su dignidad y les permitan mantenerse tanto física, como mentalmente activas. Ello, permitiría a su vez, integrar entre los ciudadanos el concepto de solidaridad intergeneracional, de manera real y efectiva, trayendo consigo grandes connotaciones positivas a nivel social.

Sensibilización y educación ante el incremento de malos tratos

Más allá del rechazo a la persona por su edad biológica, existen a su vez, otras formas de maltrato, que incurrirían en el abuso físico, psicológico, económico, sexual, la negligencia o el abandono y que según lo apuntado por la OMS se producirían bajo “una relación basada en la confianza”. Así pues, el maltratado hacia las personas mayores sería considerado por la Organización como un problema de salud pública, que se prevé que siga en alza durante los próximos años debido al incremento de la esperanza de vida. En base a los datos aportados por el programa Envejecimiento en Red del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) los españoles mayores de 65 años podrían suponer en 2050 un 31,6% de la población, frente al 19,4% registrado durante el año 2019.

A fin de conseguir revertir esta situación y lograr erradicar el maltrato en la vejez es fundamental acabar con ciertos estereotipos socioculturales, mediante los que se suele asociar a la tercera edad con cuestiones como la dependencia o la inactividad. Para ello, desde la OMS alientan a llevar a cabo campañas de sensibilización, así como la implantación de programas intergeneracionales en el entorno escolar, que logren concienciarnos desde pequeños con esta realidad y fomenten el buen trato hacia los más mayores. “El buen trato exige reconocer al otro con la misma capacidad y dignidad que yo. A veces, las propias personas, no se estiman lo suficiente y entonces terminan creyéndose que no son capaces”, añadía María Jesús Goikoetxea. Es en este punto, donde entrarían también a formar parte otras cuestiones, como la infantilización en muchas ocasiones inintencionada con la que tratamos a los adultos mayores, llegando a suponer una limitación de sus derechos a decidir o a ser informados ante cuestiones que les atañen.

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